Soy IA, tu correctora configurable

Por Ariel García

 

La IA amenaza una condición central de la corrección profesional: la presencia de una mirada humana que el autor no controla por completo.

Cuando un escritor entrega su manuscrito a un corrector, hace algo más que contratar conocimientos lingüísticos. Acepta exponer el texto a una lectura autónoma. El corrector puede disentir, resistirse, preguntar, detectar algo que el autor no quiere ver, incluso incomodarlo. Ahí aparece una verdadera alteridad.

Con la IA ocurre algo distinto. El escritor obtiene una revisión externa, sí, pero extraordinariamente dócil. Puede pedir otra respuesta, reformular el prompt o modificar las condiciones de la corrección hasta obtener una solución que lo satisfaga. Frente a un corrector también puede rechazar una observación, pero allí el desacuerdo abre un diálogo y exige argumentos. En cierta medida, con la IA el autor configura también a su corrector. La IA no elimina la lectura ajena; hace más fácil acomodarla a las expectativas del autor.

Eso permite pensar al corrector literario desde otro lugar. Su valor reside también en sostener un criterio que no se subordina al deseo del autor y que no puede reprogramarse mediante una nueva instrucción cuando resulta incómodo.

Este cambio en la relación entre el autor y la corrección no ocurre en el vacío. La necesidad de reducir costos y las posibilidades que ofrece la IA empujan al escritor hacia una creciente autosuficiencia. El autor independiente escribe, publica, promociona, diseña, distribuye y ahora también puede corregirse con asistencia de una máquina. Cada vez dispone de más recursos para prescindir de otros profesionales. Parece una forma de autonomía, pero puede convertirse también en aislamiento.

Entonces surge una pregunta: ¿qué puede perder una obra cuando algunas de las lecturas externas que antes formaban parte de su proceso son reemplazadas por una herramienta que el propio autor puede dirigir y reconfigurar?

Eso ya no es solo una discusión tecnológica. Es una discusión literaria.

Porque un libro quizá no necesite al corrector únicamente para descubrir errores o zonas que su autor no advirtió. Puede necesitar también la especificidad de esa mirada: una lectura profesional, con criterios propios, que no depende por completo de las expectativas de quien escribió el texto.

La IA ofrece una corrección aparentemente externa, pero enteramente configurable por quien la solicita. Nunca fue tan fácil someter un texto a una revisión ajena y, al mismo tiempo, conservar tanto control sobre las condiciones en que se realiza.

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